Memorias de una misión de amor

[Por Rorbeto Carlos Rodríguez]

Todos hemos visto por televisión las trilladas imágenes de niños pobres en el mundo. Algunos ya ni les causa sentimiento cuando las ven, pero la realidad es que detrás de un anuncio de servicio público con música de corte sentimental, efectos de video y en cámara lenta, existen rostros con historias de vida reales. El pasado 1 de junio, emprendí un viaje junto con algunos jóvenes de mi iglesia [Iglesia El Sendero de la Cruz] hacia Ecuador. Allí estuvimos por dos semanas haciendo distintas cosas, entre ellas: ir  en autobús a una comunidad llamada Tena, que queda a seis horas de la capital. Estando allí tomamos otro autobús para llegar a la orilla del río Nagua donde nos embarcamos a una canoa para poder cruzar el río y llegar a otra comunidad llamada San Vicente de Puerto Rico. Un lugar así como los que hemos visto por televisión.

Misones RobertoLlegando allí, el lugar estaba repleto de niños. Niños de todas las edades, alegres porque los fuimos a visitar. Compartimos con ellos, les llevamos juguetes, ropa y hasta comimos junto a ellos. Llevar a sus pequeños corazones la certeza de saber que Dios los ama y conoce sus nombres, es algo que con palabras es difícil de expresar; hay que vivirlo. Ver sus rostros de felicidad con tan solo correr con ellos, me demostró realmente que las cosas más sencillas, son precisamente las que marcan nuestras vidas. Lo que pasa es que a veces nos acostumbramos tanto a buscar nuestra satisfacción y comodidad que nos olvidamos de las bendiciones hermosas que vienen envueltas en momentos sencillos.

Desarrollé la predicación más sencilla que he hecho en mi vida para llevarle a los padres de los niños y vecinos de esa comunidad que se dieron cita en aquella pequeña iglesia de madera con piso de tierra. Allí no podía ir con términos teológicos elevados, que no servirían de nada porque simplemente no lo habrían entendido y sus corazones estaban esperando mucho más que palabras complicadas. Tuve que depender completamente del Espíritu Santo y comprender en ese momento que quien hace una obra magnífica y transformadora en las vidas es él y no ningún término teológico. Allí realmente pude llevar a su máxima expresión la sencillez del amor de Jesús. Un amor simple, pero profundo. Que no necesita adornos para ser atractivo, sino que él mismo es su mejor carta de presentación. No hay nada más maravilloso que podamos hacer la gran encomienda que Jesús nos dejó.

Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura“. San Marcos 16:15 (RVR1960)

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