De una pesadilla a Tierra Santa

Por Emely Hernández Hilerio

Me desperté de repente, después de una terrible pesadilla. Sentía como me perdía en un túnel negro sin final. Caminaba y caminaba, y estaba atrapada en un túnel sin encontrar la salida ni un poco de luz.  Me pregunte por un momento, ¿Cómo sería estar un instante sin vista? ¿Sería igual a lo agobiada que me estaba sintiendo en el túnel? En medio de la turbación, me detuve por un instante. Fue entonces, que recordé “Fíate de Jehová de todo tu corazón, no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y El enderezara tus veredas” (Proverbios 3: 5-6) Guardaba estas palabras como cuando Maria, guardaba todas las cosas, meditándolas en su corazón (Lucas 2:9)

En un momento, me encontraba de rodillas, humillada a los pies de la cruz, reconociendo que en Él estaba la fuerza, fortaleza y confianza para continuar mi camino. Sabía que era el momento en que Él comenzaría a trabajar conmigo, Él sólo estaba esperando que yo le abriera paso en mi corazón. Si tan sólo me hubiese dado cuenta unos momentos antes (años, meses, semanas, días, horas, minutos, segundos) mi vida hubiese sido diferente. No hubiese pasado tanto tiempo en el lugar de las pesadillas que me atemorizaba tanto.

De momento, me dijo: “Yo siempre he estado esperando a que reconozcas que yo enderezaré, transformaré, cambiaré tu situación, tu agonía, tu crisis, tus pesadillas. Acaso no recuerdas, que en la cruz aquel día negro te di la victoria. Luego, de esa obscuridad mientras esperabas, te di la luz, te di la victoria que necesitabas por medio de mi resurrección. La guerra la tienes ganada. Deposité la victoria en tus manos. Porque te amo desde el vientre de tu madre. Te amo tanto que di mi vida en la cruz por ti. Me hice hombre, me hice pecado por ti. Sufrí por ti. Espero todo esto no sea en vano”. 

Se dio media vuelta y se fue. Me senté y comencé a pensar en todo el recorrido de mi vida. Fue el lugar de las pesadillas, ese lugar en el que no queremos estar que se convirtió en mi Tierra Santa, en mi victoria, en mi luz, en mi refugio, en mi fuerza, en mi fortaleza. Me puse de pies, me percaté que en todo momento  la salida del túnel estuvo tan cerca como depositar mi confianza en Dios. Tu problema de tristeza, de crisis, es visto en todo momento por Dios, así como vio a la mujer del flujo de sangre, a la mujer samaritana, como vio a una tribu en crisis, en esclavitud y lo convirtió en pueblo amado, enderezó sus veredas y lo llevó hasta Tierra Santa.

Me desperté sabiendo que si deposito mi confianza en Dios y lo reconozco en todos mis caminos, mi lugar de pesadillas se convertirá en la Tierra Santa.

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